Vida digital y los retos del Covid 19
Lo primero que aprendí fue que a la sala virtual no podía ingresar nadie que no fuera del dominio del colegio. Un colega permitió que alguien con otro correo lo hiciera y esta persona terminó compartiendo pantalla e imágenes para adultos a todos los presentes.
Guadalupe González Díaz, profesora de Educación Básica

Lupita (60), como la llaman todos, conversa de manera distendida y risueña. Dice que hoy ya se ríe de todo lo que le tocó vivir los primeros meses tras la llegada del Covid 19 a Chile en marzo de 2020. Atesora los aprendizajes que le dejó el pasar de un salón lleno de niños y niñas a aulas virtuales donde la mayoría se conectaba sin cámara, en pijama y con algunos apoderados y padres escuchando cada una de sus palabras. Si bien hoy se siente mejor preparada para hacer frente a una situación similar, dice que ojalá nunca volver a vivirlo.
Profesora de lenguaje y matemáticas, principalmente para cursos entre segundo y quinto básico, se decidió a estudiar la carrera de sus sueños una vez que sus hijos terminaron la Enseñanza Media. Lleva 22 años educando en el mismo establecimiento particular subvencionado de La Florida y nunca imaginó que un día tendría que estar jornadas enteras frente a una cámara.
Vida digital y los desafíos de la pandemia
Cuando comenzó a ejercer, alrededor del año 2002, el colegio estaba implementando la sala de computación y migrando las tareas docentes a un computador. Eso fue lo primero que aprendió; hacer guías y pruebas en Word. Si algo fallaba, volvía al papel y lápiz. Confiesa que le costó adecuarse en un principio, pero tras las capacitaciones, ayuda de sus colegas y la necesidad de no quedarse atrás, aprendió lo necesario para desenvolverse frente al computador e incluso conectarse a Internet.
Sin embargo, nada de lo aprendido a lo largo de los años la preparó para los retos que la pandemia impuso en su vida digital, sobre todo como profesora de estudiantes que recién comienzan su escolaridad, donde, y en esto es enfática, «la necesidad de formar hábitos y rutinas de estudio es clave».
Alfabetización digital y calidad de los usos
Entre los distintos servicios públicos y privados que cruzan la vida de las personas, la digitalización de las plataformas de atención al cliente dio origen a la frase: “dígale a su hij@ o niet@ que le ayude”. Trámites que durante décadas habían sido presenciales, hoy también son accesibles mediante Internet, empujando desde hace 20 años a millones a la red, un concepto etéreo que estaban acostumbrados a escuchar, pero no conocían a cabalidad o simplemente no dominaban.
Desde correos electrónicos a “navegar” y manejar el ratón, la alfabetización digital supuso un desafío aún mayor para los adultos mayores, quienes debieron aprender a dar una dirección virtual, obtener información en sitios web y, sobre eso, descubrir nuevas dinámicas de comunicación a través de redes sociales y la mensajería instantánea.
La alfabetización (tradicional) es un factor determinante en la profundidad de la brecha digital de algunas personas, debido a que impone a los posibles nuevos usuarios distintas barreras de entrada a las nuevas tecnologías de información y conocimiento (NTICs), lo que dificulta el aprendizaje de competencias digitales.
De usuarios proxy a ciudadanos digitales
En la versión digital de la alfabetización estas dificultades se amplifican porque, si bien el acceso ha aumentado sostenidamente en el país desde el año 2000 en adelante, para algunos nunca fue necesario adoptar una vida digital, si no solo manejar ciertos servicios y para necesidades más complejas depender de personas más familiarizadas con Internet y las aplicaciones de ofimática. En este sentido, muchos se apoyaron en familiares más jovenes, nativos digitales que crecieron utilizando los servicios en línea y accediendo a la red, transformándose en usuarios proxy y prescindiendo de adquirir mayores conocimientos digitales.
¿Pero qué sucede cuando esta red de apoyo no está disponible? Las cuarentenas que trajo la pandemia, con viajes y traslados paralizados, atenciones presenciales cerradas en instituciones de todo tipo y comercios implementando canales de atención en línea dejaron en evidencia los pliegues y multidimensionalidad de la brecha digital.
De una u otra forma y en mayor o menor medida, todos fuimos golpeados por esta realidad que afectó la vida digital y supuso distintos desafíos a cuenta de la pandemia.
Me encanta lo que hago, pero esto me cansó.
Guadalupe González Díaz, profesora de Educación Básica
Sin embargo para otros, los cierres provocados por la pandemia supusieron la oportunidad de consolidar un cambio que ya venían implementando. Este es el caso de Mario Oviedo, quien por su trabajo con profesionales de diversas latitudes sostenía constantemente reuniones en línea y organizaba su día en torno a otros husos horarios, con algunas jornadas más largas, pero desde la casa.
¿Y la tercera edad?
Los adultos mayores son una de las cohortes donde la brecha digital es más fuerte. De acuerdo a cifras entregadas por la IX Encuesta Accesos y Usos de Internet de 2017 elaborada por la Subsecretaria de Telecomunicaciones (Subtel), en los hogares donde solo viven mayores de 65 años el acceso a Internet llega al 54,6%, mientras que en grupos familiares más jóvenes o con niños, el número se empina por sobre el 90%.

El principal motivo por el que acceden a Internet los chilenos es porque «permite comunicarse con otras personas», algo que quedó en evidencia durante la pandemia, sobre todo en los hogares donde el acceso no era principalmente laboral, académico o incluso fijo, si no que móvil y mediante teléfonos inteligentes de distinta gama.
La capa 8 de internet
Entre las diversas anécdotas que dejó la vida digital en pandemia, encontramos historias de abuelos y abuelas llamando por WhatsApp y FaceTime a sus familiares, con la cámara apuntando a su pera, ojos y/o frente, en un gran primer plano. Con el tiempo, estos pequeños baches fueron superados y para muchos adultos mayores la falta de vida social y actividades con sus pares, producto del Covid 19, se transformaron en videollamadas (y muchas veces estas llamadas fueron por error) y reenvíos interminables de memes y cadenas de WhatsApp.

Un abuelo que se hizo conocido en pandemia fue Orlando Cortés (91), quien celebró el tetracampeonato de Universidad Católica en 2021 con un saludo de su capitán, José Pedro Fuenzalida, gracias a una campaña de redes sociales iniciada por su nieta para darle ánimos. El éxito de la iniciativa hizo que su vida se digitalizara, descubriendo la inmediatez de las redes sociales y los mensajes de apoyo de distintos deportistas.
¿Cómo hacen esas cosas?
Orlando Cortés, tras ver los videos con saludos que recibió.
Pasado el nerviosismo inicial de una apresurada alfabetización digital producto de la pandemia, muchas las personas consultadas se sienten mejor preparadas para trámites en línea, buscar información y comunicarse con sus familias. La vida digital fue otro de los desafíos de la pandemia.
Usuarios tardíos e inclusión digital
Viviana Soto Cifuentes (56) es Asistente Social y se desempeña como encargada de recepción de pacientes en una organización de la sociedad civil. Su labor siempre había sido presencial, con mucha escucha y contención hacia las personas que llegan en busca de ayuda a la fundación donde trabaja.
En marzo de 2020 todo eso cambió. Si ya era complejo adaptarse a la telemedicina, agendamientos en línea y confinamientos, su vida digital en pandemia significó desafíos de los cuales se encuentra orgullosa de haber salido airosa.
Cuenta que su relación con la tecnología y sentirse parte de la Sociedad de la Información comenzó recién en 2016, cuando dio un gran paso en su vida y entro a estudiar Trabajo Social. Si antes solo se había conectado a internet para jugar en línea o estar en contacto con amigos y familiares por Facebook; en ese momento debió aprender de forma rápida y efectiva a usar un computador, Office, navegar por la red de redes y desenvolverse digitalmente para beneficio de su futuro profesional.
Me pasó una vez que haciendo un trabajo, de repente no sé qué hice, que se borró todo. Me dio pánico. Estaba justo en el plazo y era mucho lo que había escrito. Pedí ayuda y una compañera logró recuperar la información.
Viviana Soto Cifuentes, Asistente Social

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